el temperamento de la nación. Leyes y reglamentos de índole medieval, para la ordenación moral de los detalles más ínfimos de la vida, se siguen promulgando en América, pero la comunidad, e incluso los propios administradores de las leyes, los contemplan con un desprecio creciente. Se comprende que una inquisición tan minuciosa en la vida privada del ciudadano solo puede llevarse a cabo eficazmente allí donde el propio ciudadano reconoce el derecho divino del inquisidor. Pero la concepción teocrática de la vida ya no corresponde a las ideas ni a las costumbres americanas; esta legislación moral minuciosista descansa sobre una base que, en el transcurso de los siglos, se ha pudrido. Así ha llegado a suceder que en ninguna parte del mundo existe un afán tan grande por poner la regulación moral de los asuntos sociales en manos de la policía; en ninguna parte es la policía más incapaz de llevar a cabo semejante regulación.
Cuando tenemos presente de este modo el aspecto