pasiones momentáneas, o por las ambiciosas insensateces de sus gobernantes, hacia crímenes por los que se cobra una terrible pena. Jamás ha habido país alguno tan virtuoso y sabio en todo momento que no haya necesitado a veces ser salvado de sí mismo. Pues todos los países han enloquecido alguna vez, mientras todos los demás países han contemplado su locura con la calma burlona de la inteligencia perspicaz y, tal vez, con un aire farisaico de indignación virtuosa.
Durante el único año de 1911 el proceso se desarrolló en su forma más completa. El primer mal movimiento —aunque se trató de un movimiento relativamente pequeño e inofensivo— lo hizo Francia. Las Potencias, tras larga deliberación, habían llegado a ciertas conclusiones respecto a Marruecos y, si bien le otorgaban a Francia una influencia predominante en ese país, habían limitado cuidadosamente su poder de acción. Pero Francia, ansiosa por aumentar su control sobre el territorio, envió, con los pretextos habituales, una expedición innecesaria a Fez. De haber existido un tribunal internacional respaldado por una fuerza adecuada, se le habría exigido a Francia que justificara su acción y, tanto si hubiera tenido éxito como si hubiera fracasado en tal justificación, no se habrían producido más males. Pero no había ninguna fuerza capaz o dispuesta a pedirle cuentas a Francia, y las demás Potencias consideraron un plan más sencillo seguir su ejemplo que frenarlo. En consonancia con esta política, Alemania envió un buque de guerra al puerto marroquí de Agadir utilizando el mismo pretexto que los franceses, con aún menos justificación. Cuando el supremo poder militar del mundo mueve tan solo un dedo, el mundo entero entra en estado de consternación. Eso ocurrió en esta ocasión, aunque, a decir verdad, los gigantes no son dados a la violencia temeraria y Alemania, lejos de tener