objetivo del movimiento de la mujer ha sido asegurar las reivindicaciones de la mujer como ser humano más que como mujer. Pero esa es solo la mitad de la tarea del movimiento de la mujer, y tal vez no sea la mitad más esencial.
Las mujeres nunca podrán ser como los hombres, del mismo modo que los hombres no pueden ser como las mujeres. Es su desemejanza la que los hace indispensables el uno para el otro, y la que también hace imperativo que cada sexo tenga la parte que le corresponde en la configuración de las condiciones de la vida.
La función de la mujer en la vida nunca podrá ser la misma que la del hombre, aunque solo sea porque las mujeres son las madres de la raza. Ese es el punto, el único punto, en el que las mujeres tienen una supremacía indiscutida sobre los hombres.
El problema más vital ante nuestra civilización hoy en día es el problema de la maternidad, la cuestión de crear a los seres humanos más aptos para la vida moderna, la realización práctica de una eugenesia sana.
Manouvrier, el distinguido antropólogo, que lleva el feminismo hasta su punto extremo en el ámbito científico, reconoce sin embargo el hecho fundamental de que «el papel de la mujer es hacer hijos». Pero percibe claramente también que «en toda su extensión y en todas sus consecuencias, ese papel no es superado en importancia, en dificultad ni en dignidad por el papel del hombre». Por el contrario, es un papel que necesita «una cantidad de inteligencia incontestablemente superior, y con mucho, a la exigida por la mayoría de las ocupaciones masculinas». 7
Estamos aquí en el núcleo del movimiento de la mujer. Y la plena culminación de ese movimiento significa que las mujeres, en virtud de su supremacía en este asunto, asumirán la parte que les corresponde en la legislación para la vida, no como meros seres humanos desprovistos de sexo, sino como mujeres, y de acuerdo con las leyes esenciales de su propia naturaleza como mujeres.