menor división del trabajo; al tiempo que tiene, además, que realizar una gran cantidad de trabajo innecesario, en obediencia a hábitos tradicionales o convencionales, que hacen imposible incluso realizar el sencillo acto de quitar el polvo a las habitaciones de una casa pequeña en menos de, tal vez, hora y media. Probablemente también tenga que cumplir, si pertenece a las clases medias o altas, con una ronda inútil de los llamados «deberes sociales». Intenta escapar, cuando se lo puede permitir, adoptando el expediente, en apariencia sencillo, de pagar a otras personas para que realicen estas tareas domésticas necesarias e innecesarias, pero este expediente fracasa; los «deberes sociales» aumentan en la misma proporción en que aumentan los criados y la tarea de supervisar a estos últimos resulta por sí misma formidable.
Es del todo imposible para cualquier persona bajo estas condiciones llevar una vida humana razonable y sana.
Una vida sana es más difícil de alcanzar para la mujer del hogar corriente que para el trabajador de una mina, pues él al menos, cuando termina la labor de su turno, tiene dos terceras partes de las veinticuatro horas para sí mismo.
La mujer está atada por mil hilos liliputienses de los que parece no haber escapación. A menudo hace denodados esfuerzos por escapar, pero la fuerza combinada de los hilos suele resultar demasiado fuerte.
No cabe duda de que el sistema doméstico actual está condenado; el mayor nivel de inteligencia exigido a las mujeres, el crecimiento del interés por los problemas de la economía doméstica, el movimiento a favor de la asociación del trabajo, la revuelta contra las supervivencias de la complicación bárbara en el modo de vida —todo esto, que son síntomas de una gran revolución económica—, indica la aproximación de un nuevo periodo.