Los poetas de este movimiento eran conscientes del carácter religioso de su devoción hacia la donna angelicata, a la que incluso aplican, tal como lo harían con la Reina del Cielo, la denominación Stella Maris. Que había un elemento de carne y hueso en estas figuras es algo que cree Remy de Gourmont, pero cuando las contemplamos, señala, vemos al principio «en lugar de un cuerpo, solo dos ojos con alas de ángel detrás, sobre el fondo de un cielo azul sembrado de estrellas doradas»; el amante está de rodillas y su amor se ha convertido en una oración. >11
Esta fase del amor romántico fue breve, y quizás pertenencia sobre todo a los poetas, pero representó un momento realmente importante en la evolución del amor romántico moderno. Fue un paso hacia la toma de conciencia del encanto genuinamente humano de la juventud femenina en las relaciones humanas reales, del cual ya tenemos un anticipo en el delicioso cuento francés primitivo de Aucassin y Nicolette.
El redescubrimiento de la literatura clásica, los movimientos del Humanismo y el Renacimiento, barrieron con lo que quedaba de la idealización casi religiosa de la joven virgen. La doncella etérea, delgada, pálida, anémica, desapareció tanto de la literatura como del arte, y dejó de ser un ideal en la vida real. Cedió su lugar a una nueva mujer, consciente de su femineidad plenamente desarrollada y de todas sus necesidades, radiantemente bella y de miembros sutilmente esculpidos. Carecía de la espiritualidad de sus predecesoras, pero había ganado en intelecto. Aparece por primera vez en las páginas de Boccaccio. Tras un largo intervalo, Tiziano inmortalizó su rica y madura belleza; es Flora, es Ariadna, es tanto el Amor Terrenal como el Amor Celestial. Cada curva de su cuerpo fue descrita con devoción y minuciosidad por Nifo y Firenzuola.12