los hoteles —no a los bares comunes— se les permitió, bajo muchas y estrictas restricciones, vender bebidas ese día. Para que no hubiese equívoco alguno, se estipuló en la ley que el hotel debía ser un hotel de verdad, con al menos diez dormitorios debidamente amueblados. Los legisladores creyeron firmemente que habían realizado una magnífica obra. «Raras veces», escribió el Comité de los Catorce —que no simpatiza en absoluto con los propósitos de esta legislación—, «una ley destinada a regular un mal ha dado lugar a una fase tan agravada de otro mal directamente achacable a sus disposiciones».
En primer lugar, la aprobación de esta ley alarmó a los taberneros; comprendieron que los tenía en una situación muy apurada y sospecharon que podría aplicarse con estricta rigurosidad.
Llegaron a la conclusión, por lo tanto, de que su mejor táctica sería aceptar la ley y someterse a sus disposiciones convirtiendo sus barras de bebidas en verdaderos hoteles, con diez habitaciones debidamente amuebladas, cocina y comedor.
El resultado inmediato fue la preparación de diez habitaciones para las cuales, por supuesto, no había una demanda real, y para 1905 había 1407 hoteles certificados solo en Manhattan y el Bronx, habiendo sido creados probablemente unos 1150 de estos hoteles por la Ley Raines.
Pero había que hacer algo con todas estas habitaciones, debidamente amuebladas según la ley, pues era necesario sufragar los cuantiosos gastos ocasionados por las nuevas condiciones creadas por la ley. El remedio era bastante obvio. Estas habitaciones se adaptaban excelentemente para servir como lugares de cita y casas de prostitución. Muchos propietarios de hoteles se convirtieron prácticamente en proxenetas, y las mujeres, en algunos casos, pasaron a ser huéspedes de los hoteles; los bares y los hoteles han entablado una especie de alianza para