sobre la cual la guerra misma fundamenta sus derechos. «La fuerza in abstracto crea el derecho. Es totalmente inimaginable que pueda existir un derecho que no haya sido afirmado en algún momento como una realidad, es decir, una fuerza... Lo que glorificamos bajo el nombre de derecho no es más que un estado de fuerza más intenso y habitual que oponemos a una forma de fuerza menos frecuente».14 El viejo cuáquero y el filósofo moderno coinciden así con el hombre práctico al rechazar cualquier forma de pacificación que descanse en un mero apelar a la razón y a la justicia.
No puede decirse que el progreso de la civilización haya tenido hasta ahora tendencia alguna a hacer innecesario el punto de vista adoptado por Penn y Jules de Gaultier. Los actos de los Estados actuales tienden a ser tan arbitrariamente agresivos como siempre, tan imprudentes con respecto a la razón y a la justicia. No hay país, por muy alto que se halle en la comunidad de naciones, que no se vea arrastrado a veces por la fiebre ciega de la guerra. Francia, la tierra de la razón, hizo eco, hace tan solo cuarenta años, al grito enloquecido de «¡À Berlin!». Inglaterra, la amiga de las pequeñas nacionalidades, con júbilo y hasta con un aire de heroísmo, aplastó bajo sus pies a las pequeñas repúblicas sudafricanas y persiguió sin tregua a todo inglés que resistiera la locura de la multitud. El gran, libre e inteligente pueblo de los Estados Unidos fue a la guerra contra España con una fe infantil en la absurda leyenda de la voladura del Maine. No hay país que no tenga en su historia alguna página vergonzosa de este tipo, el registro de algún momento en que su prestigio moral e intelectual quedó manchado ante los ojos del mundo entero. Paga por su locura momentánea, puede esforzarse con valentía por expiar su injusticia, pero el registro dañino permanece. La abolición de la guerra no solo es necesaria en aras de las víctimas de la agresión; es igual de necesaria en aras de los agresores, empujados por sus propias