ejercicio de una dulce sensatez, persuade a doce hombres en un estrado de que sus agravios deben ser reparados, y el asunto queda entonces definitivamente resuelto, no por el arma del hombre, el puño, sino por el arma de la mujer, la lengua. Hoy en día, el mismo método del «encanto» está sustituyendo a la fuerza bruta en los agravios internacionales, y con la sustitución completa del arbitraje por la guerra, el método femenino del encanto habrá reemplazado al método masculino de la fuerza bruta en toda la línea de la actividad humana legítima.
Si nos damos cuenta de esto, podemos comprender por qué un grupo de mujeres que, aun en el esfuerzo por apoyar una buena causa, recurren al método burdo de la violencia, están cometiendo una doble falta.
Están agraviando a su propio sexo al traicionar sus mejores tradiciones, y están agraviando a la civilización al intentar revivir métodos de barbarie cuya misión es reprimir.
Por lo tanto, puede sostenerse justamente que, aun si los métodos de las sufragistas fueran realmente adecuados para conseguir el sufragio femenino, la obtención del voto por medio de esos métodos sería una desgracia. La pérdida final sería mayor que la ganancia.
Si tenemos presentes las consideraciones anteriores, es difícil evitar la conclusión de que ni en su dirección ni en su naturaleza los métodos de las sufragistas son idóneos para alcanzar el fin deseado.
Sin embargo, todavía nos queda por considerar la otra cara de la cuestión.
Cada vez que un viejo movimiento recibe una fuerte inyección de sangre nueva, por muchos excesos o errores que puedan surgir, es muy improbable que todos los resultados sean de la misma índole. Ciertamente no es así en este caso.