Hay que añadir que esta voz no es, como pudiera parecer, únicamente una voz egoísta. Se justifica no solo en aras de los intereses internacionales inmediatos, sino incluso en los intereses últimos del país beligerante, y no menos si ese país resultara victorioso. En lo que respecta a los negocios y al dinero, un país no gana nada con una guerra exitosa, incluso aunque esa guerra suponga la adquisición de inmensas provincias nuevas; tras una gran guerra, un país vencido puede poseer mayor estabilidad financiera que su conquistador, y ambos pueden situarse por debajo, en este aspecto, de algún otro país que esté internacionalmente garantizado contra la guerra.
Puntos como estos han sido hábilmente argüidos últimamente por Norman Angell en su notable libro, The Great Illusion, y, en su mayor parte, ilustrados de manera convincente.
Como se dijo desde antiguo, los antiguos clamaban: ¡Væ victis! ¡Nosotros hemos aprendido a clamar: Væ victoribus!
It may, indeed, be added that the general tendency of war—putting aside peoples altogether lacking in stamina—is to moralize the conquered and to demoralise the conquerors. This effect is seen alike on the material and the spiritual sides. Conquest brings self-conceit and intolerance, the reckless inflation and dissipation of energies. Defeat brings prudence and concentration; it ennobles and fortifies. All the glorious victories of the first Napoleon achieved less for France than the crushing defeat of the third Napoleon. The triumphs left enfeeblement; the defeat acted as a strong tonic which is still working beneficently to-day. The corresponding reverse process has been at work in Germany: the German soil that Napoleon ploughed yielded a Moltke and a Bismarck,6