defensoras de los derechos de las mujeres, tiene derecho a la maternidad y, al ejercer ese derecho en condiciones saludables, está beneficiando a la sociedad.
Pero nuestro sistema matrimonial, en la forma rígida que ha adoptado desde hace mucho tiempo, no posee hoy la elasticidad necesaria para responder a estas exigencias.
Ofrece una solución que a menudo es imposible, siempre difícil y, tal vez en una gran proporción de casos, indeseable. Pero para una mujer que está excluida del matrimonio aferrarse a los hechos vitales del amor y la maternidad —que tal vez considere, con razón o sin ella, como las cosas supremas del mundo— debe ser a menudo, bajo tales condiciones, un paso desastroso, al tiempo que siempre va acompañado de ciertos riesgos.
Por consiguiente, se pregunta, ¿por qué no debería haber, como lo hubo en la antigüedad, una relación establecida que, aunque de menor dignidad que el matrimonio y menos exclusiva en sus exigencias, permitiera no obstante a una mujer entablar una relación honorable, pública y legalmente reconocida con un hombre?
Semejante relación, una mujer podría proclamarla ante todo el mundo, si fuera necesario, sin reflejar ningún descrédito sobre sí misma o sobre su hijo, al tiempo que le otorgaría un derecho legal sobre el padre de su hijo.
Tal relación sería sustancialmente la misma que el antiguo concubinato, el cual perduró incluso en la cristiandad hasta el siglo XVI. Su establecimiento en Suecia ha resultado aparentemente satisfactorio, y ahora se busca extenderlo a otros países.
Es interesante comparar, o contrastar, el movimiento del cual Ellen Key ha sido una destacada defensora con el inútil movimiento iniciado hace