producirse de manera espontánea; «allí donde no se han impuesto formas predeterminadas, la emoción religiosa», como señala Lancaster, «surge con tanta naturalidad como sale el sol».10 Ese periodo, real y psicológicamente, marca un «nuevo nacimiento». Nacen por primera vez emociones que revisten una importancia fundamental, no solo para la vida personal del individuo, sino para sus relaciones sociales e incluso cósmicas. No solo se remolda el cuerpo del niño con la forma de un hombre o de una mujer, sino que el alma infantil se convierte en alma de hombre o alma de mujer, y nada puede volver a ser como antes. El lógico audazmente escéptico ha desaparecido, al igual que el soñador imaginativo para quien el mundo era el espejo magnificador automático de su propia forma y entorno infantiles. Se le ha revelado que existen fuerzas personales e impersonales independientes fuera de él, fuerzas con las que puede entablar una relación consciente y fascinantemente emocionante. Es una revelación de suprema importancia, y con ella llega no solo la compleja toma de conciencia emocional e intelectual de la personalidad, sino también la aptitud para adentrarse y asimilar las tradiciones de la raza.
No se insistirá nunca demasiado en que este es el momento, y el primer momento posible, en que conviene iniciar al muchacho o a la muchacha en los misterios de la religión. Que es el mejor momento lo indica el bien conocido hecho de que el período de la adolescencia inmediatamente posterior a la pubertad es aquel en el que, incluso de manera espontánea, tienden a producirse los fenómenos religiosos más marcados.11 Stanley Hall parece pensar que los doce años es la edad en la que puede comenzar el cultivo de la conciencia religiosa; «la edad señalada por los antiguos griegos como aquella en la que debía comenzar el estudio de lo que globalmente se llamaba música, la edad en la que terminaba la tutela