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La emancipación de la mujer en relación con el amor romántico

Era, además, la cortesana cuyo encanto imperial y astucia le permitieron pisotear la concepción medieval de la lujuria como pecado, incluso en las cortes de los papas. En el gran centro académico de Bolonia, finalmente, impartió con castidad la ciencia y el saber.13 Las gentes del Renacimiento italiano situaron a la mujer al mismo nivel que al hombre, y calificar a una mujer de virago implicaba una alabanza sin reservas.

Las condiciones sumamente variadas de lo que hemos estado acostumbrados a considerar el mundo moderno comenzaron entonces para las mujeres. Ya no estaban recluidas —ya fuera en conventos o en el hogar—, pero tampoco eran ya veneradas. Comenzaron a ser tratadas como seres humanos, y cuando los hombres las idealizaban en figuras de encanto romántico o patetismo —figuras como la Rosalinda de Shakespeare, la Sylvia de Marivaux o la Clarissa de Richardson—, esta humanidad pasó a ser en adelante el terreno común del que surgía la visión.

Pero, se observa, en casi todos los grandes poetas y novelistas hasta mediados del siglo pasado, era por lo general en la debilidad de la humanidad donde el artista buscaba el encanto y el pathos de sus figuras femeninas. Desde la Ofelia de Shakespeare hasta la Amelia de Thackeray esta es la regla, expresada con más énfasis en la literatura de Inglaterra que en la de cualquier otro país.

No había existido una emancipación real de las mujeres; aunque ahora habían entrado en el mundo de los hombres, aún no formaban parte de ese mundo, ni social ni legalmente.

Aun las tradiciones medievales seguían vivas en formas sutilmente convencionalizadas. La actitud «caballeresca» hacia las mujeres era,

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