Iglesia muerta. El librepensador está dispuesto a respetar al cristiano que por libre elección y ejercicio del pensamiento ha alcanzado la posición de cristiano, pero le repugna el autodenominado cristiano que está en la Iglesia simplemente porque se encuentra allí, sin ningún esfuerzo de su voluntad ni de su inteligencia. El secularista convencido siente respeto por el cristiano sincero, aun cuando solo sea en el sentido en que el santo verdadero siente compasión por el pecador irremediable. Y en segundo lugar, tal como he tratado de señalar, los hechos que aquí nos ocupan son demasiado fundamentales como para concernir únicamente al cristiano. Conciernen igualmente al secularista, a quien también se le pide que satisfaga el hambre espiritual del joven adolescente, que le proporcione una disciplina para su entrada en la vida y una visión satisfactoria del universo. Y si los secularistas no han comprendido siempre esta necesidad, tal vez podamos encontrar en ello una razón principal por la cual el secularismo no ha tenido una acogida tan enorme y entusiasta como la modorra y el formalismo de las iglesias parecían hacer posible.
Si la opinión aquí expuesta es acertada —una opinión cada vez más extendida entre los pedagogos y los psicólogos formados en la biología—, los primeros doce años deben dejarse libres de toda concepción de la vida y del mundo que trascienda la experiencia inmediata, pues el niño cuya virginidad espiritual ha sido prematuramente corrompida nunca podrá despertar de nuevo al pleno significado de esas concepciones cuando llegue por fin la edad de la religión. Pero, se podrá preguntar, ¿hemos de dejar el cerebro inquieto, inquisitivo e imaginativo del niño sin ningún alimento durante todos esos primeros años? De ningún modo. Incluso admitiendo que, como se ha dicho, en la etapa temprana la formación religiosa es el arte supremo de apartarse del camino de la Naturaleza, no es difícil descubrir cuál es, en este asunto, el camino de la Naturaleza. La vida del individuo recapitula la vida de la raza, y no puede haber mejor alimento imaginativo para el niño que