los más resistentes a las condiciones adversas— que no tenemos derecho a considerar ni siquiera un incremento neto ligeramente mayor de las clases sociales bajas como un mal absoluto. Puede ser que, como ha expresado Mercier, «debamos considerar a una comunidad civilizada un tanto a la manera de una lámpara, que arde por arriba y se alimenta desde abajo».12
La solidez de una estirpe, y su aptitud para desempeñar eficientemente las funciones de su propia esfera social, no pueden, en verdad, medirse con precisión mediante ninguna tendencia a ascender a una esfera social superior.
En conjunto, de generación en generación, los hombres de una buena estirpe permanecen dentro de su propia esfera social, ya sea alta o baja, desempeñando adecuadamente sus funciones en dicha esfera, de generación en generación. Permanecen, por decirlo así, en aquel estrato social cuyo peso específico sea el más adecuado para su existencia.
Sin embargo, indudablemente, de vez en cuando se da una ligera tendencia social ascendente, debida en la mayoría de los casos a la energía y capacidad excepcionales de algún individuo que logra elevar permanentemente a su familia a un estrato social ligeramente superior. 14
Un proceso así ha tenido lugar siempre, en el pasado de manera incluso más conspicua que en el presente. Los normandos que cruzaron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador y constituyeron la orgullosa nobleza inglesa no eran más que un grupo heterogéneo de aventureros, hombres de armas profesionales, de linaje desconocido y, sin duda en su mayor parte, distinguido.
El propio Guillermo el Conquistador era hijo de una mujer del pueblo. La Iglesia católica no fundaba familias, pero su constitución democrática abría una carrera a hombres de todas las clases, y los hijos más brillantes de la Iglesia procedían a menudo del rango social más humilde.