a ella, siendo Inglaterra la que más. En el pasado, se han hecho de vez en cuando propuestas en Francia para interferir con el progreso de este movimiento descendente de la tasa de natalidad —propuestas que eran suficientemente necias, pues ni en Francia ni en ninguna otra parte permitirá el individuo que el estadístico interfiera oficiosamente en un asunto que considera puramente íntimo y privado—. Pero el verdadero carácter de esta tendencia de la tasa de natalidad, como un fenómeno esencial de la civilización, con el cual ni moralista ni político pueden esperar interferir con éxito, está empezando a ser comprendido en Francia. Azoulay, al resumir el debate tras haber sido leído el trabajo de Macquart5 en la Sociedad de Antropología, señaló que «las naciones deben seguir inevitablemente el mismo curso que las clases sociales, y cuanto más se civiliza la masa de estas clases sociales, más cae la tasa de natalidad de la nación; por lo tanto, no hay nada que hacer legal y administrativamente». Y otro miembro añadió: «Excepto aplaudir».
Es probablemente pedir demasiado esperar que un punto de vista tan sagaz sea adoptado universalmente de inmediato. Los Estados Unidos y las grandes colonias inglesas, por ejemplo, encuentran difícil comprender que no son en realidad países nuevos, sino ramas de países viejos, y que ya se acercaban a la madurez cuando comenzaron sus vidas separadas. No están al principio de dos mil años de desarrollo lento, como aquel por el que hemos pasado, sino al final de este, junto con nosotros, y a veces incluso un poco por delante de nosotros. Es por tanto natural e inevitable que, en un asunto en el que avanzamos rápidamente, Massachusetts, Ontario, Nueva Gales del Sur y Nueva Zelanda hayan avanzado aún más rápidamente, con tanta rapidez de hecho, que ellos mismos no han logrado percibir que su verdadero incremento natural y la manera en que se alcanza los sitúan en esta cuestión a la vanguardia de la civilización. Estas cosas, sin embargo, solo se aprenden lentamente. Podemos estar seguros de que el carácter fundamental y complejo de los fenómenos