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nydus/The Task of Social HygienePublic
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El problema de un idioma internacional

inglesa para el habla sea el resultado de algún defecto orgánico en los sistemas nerviosos ingleses; la lengua misma debe ser un factor en este asunto. He descubierto, al debatir el punto con hombres de ciencia y otros en el extranjero, que prevalece la opinión de que por lo general resulta difícil seguir a un orador en inglés. Esta experiencia puede considerarse, de hecho, general. Si bien es una lengua admirablemente fuerte y concisa, el inglés no es ni mucho menos tan adecuado en el discurso real; no es una de las lenguas que puedan escucharse a larga distancia y, además, se presta al hablar a tantas contracciones que no se usan en la escritura —tantos «can'ts», «won'ts» y «don'ts», que se adaptan a la taciturnidad inglesa, pero que difuminan y arruinan el habla inglesa— que el inglés hablado es casi una lengua diferente de aquella que despierta admiración al ser escrita. De modo que el uso exclusivo del inglés con fines internacionales no sería la supervivencia del más apto en lo que respecta a una lengua para fines orales.

Además, debe recordarse que el inglés no es un idioma democrático. No está hecho de un solo bloque, a la manera de las principales lenguas romances y germánicas, que son prácticamente homogéneas. Está formado por la mezcla de dos elementos radicalmente distintos, uno aristocrático y el otro plebeyo. Desde que el señor normando llegó a Inglaterra, una profunda desigualdad social ha quedado enraizada en el idioma mismo. En francés, bœuf, mouton, veau y porc siempre han sido los mismos para el amo y para el sirviente, en el campo y en la mesa; el animal nunca ha cambiado su nombre plebeyo por uno aristocrático al pasar por las manos del cocinero. Ese ejemplo es típico de la curiosa huella que la conquista normanda dejó en nuestra habla, lo que nos hace mucho más difícil que a los franceses alcanzar la igualdad en el trato social. La desigualdad

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