la intención de romper la paz mundial, se limitó a usar su poder para sacar provecho del mal movimiento de Francia. Aceptó pasar por alto el error de Francia y cederle los derechos sobre Marruecos —a los que ninguno de los dos países tenía la más mínima pretensión legítima— a cambio de una enorme extensión de tierra en otra parte de África. Hasta ahí, el juego se había desarrollado conforme a reglas que, aunque distaban mucho de ser las de la justicia abstracta, se ajustaban bastante a las prácticas reconocidas de las naciones. Pero entonces otra Potencia se inclinó hacia una acción mucho más abiertamente inescrupulosa. Hace mucho que se reconoce que, de haber un reparto del norte de África, la parte de Italia es sin duda Trípoli. La actuación de Francia y de Alemania despertó en Italia el sentimiento de que el momento de actuar era ahora o nunca y, con una temeridad brutal y los pretextos habituales —ahora más endebles que nunca—, Italia le declaró la guerra a Turquía, sin ofrecer mediación alguna y en flagrante violación de sus propios compromisos adquiridos en la Convención de Paz de La Haya de 1899. Ya solo quedaba un país mahometano por atacar, y le tocaba a Rusia realizar el ataque. El norte de Persia —la mitad más civilizada y fértil de Persia— había quedado bajo la protección de Rusia y esta, tras hacer cínicamente todo lo posible por que el buen gobierno en Persia fuera imposible, se aprovechó del pretexto del mal gobierno para invadir el país. Si las Potencias de Europa hubieran querido demostrar la necesidad de un gran tribunal internacional, respaldado por una fuerza poderosa que garantizara el cumplimiento de sus decisiones, no habrían podido idear una demostración más eficaz.
Así es que no puede hablarse de desarme por el momento, y que no puede haber un tribunal internacional eficaz a menos que cuente a sus espaldas con un ejército eficaz. Un gran ejército debe seguir existiendo al