Es así como la civilización, en determinado momento de su evolución, hace inevitable la aparición de esa organización de la vida, más amplia y profunda, de la que en el presente volumen nos ocupamos bajo el nombre de Higiene Social.
Ese movimiento dista mucho de ser una manifestación abrupta o revolucionaria en el curso ordinario del desarrollo social. Como hemos visto, puede decirse que la reforma social durante los últimos ochenta años ha transcurrido en cuatro etapas sucesivas, cada una de las cuales ha implicado un acercamiento mayor a las fuentes de la vida.
La cuarta etapa, que en sus inicios se remonta únicamente a los últimos años del siglo XIX, nos lleva al periodo anterior al nacimiento y se ocupa del cuidado del niño en el vientre materno.
La etapa siguiente no puede menos que llevarnos a la fuente misma de la vida, elevándonos más allá de la tarea de purificar las condiciones, y poniéndonos la tarea adicional de regular la cantidad y elevar la calidad de la vida en su fuente misma.
El deber de purificar, ordenar y consolidar las riberas del arroyo debe seguir existiendo.
Pero cuando somos capaces de controlar la corriente en su fuente, somos capaces hasta cierto punto de prevenir la contaminación de dicha corriente por la inmundicia, y de asegurar que sus riadas fangosas no arrastren los resultados de nuestro laborioso trabajo en las orillas. Nuestro sentido de la responsabilidad social se está transformando en un sentido de responsabilidad racial, y ese desarrollo se expresa en la naturaleza de las tareas de Higiene Social que ahora se anteponen a nosotros.