dentro de la sociedad. El socialismo ha heredado la máxima que Rousseau, el Individualista intransigente, puso al frente de su Contrato social: "El hombre ha nacido libre, y por doquiera está encadenado". No hay más remedio que romper las cadenas y organizar la sociedad sobre una base social. Los hombres no son esto o aquello; son lo que se ha hecho de ellos. Arreglad las condiciones sociales, dice el socialista radical, y los individuos serán todo lo que podríamos desear que fuesen. No solo la pobreza, sino también la enfermedad, la demencia, la prostitución y la criminalidad son resultado de malas condiciones sociales y económicas. Cread el entorno adecuado y habréis hecho todo lo necesario. Hasta cierto punto esto es claramente verdad. Pero el individualista insiste en que hay límites definidos para esa verdad. Incluso en el entorno más favorable se encuentra casi todos los males que el socialista busca erradicar. Inevitablemente, declara el individualista, porque no brotamos de nuestro entorno, sino de nuestros linajes ancestrales. Frente al énfasis en el entorno, el individualista pone el énfasis en los hechos constatados de la herencia. Es el individuo el que cuenta, y para bien o para mal el individuo trajo su destino consigo al nacer. Asegurad la producción de individuos sanos, y podréis desdeñar el entorno. De hecho, obtendréis resultados incomparablemente mejores de los que jamás podrá esperar conseguir ni el más esmerado cuidado dedicado exclusivamente al entorno.
Tales son las respectivas actitudes del Socialismo y del Individualismo. Por lo que alcanzo a ver, ambas tienen absoluta razón. Tampoco resulta evidente que sean realmente opuestas; pues, como sucede en todos los ámbitos, mientras que las afirmaciones de cada una son sólidas, sus negaciones carecen de solidez. Ciertamente, por ambos caminos podemos llegar al absurdo.