los hechos de la vida se hace posible. Mediante el lento crecimiento del conocimiento relativo a las condiciones hereditarias, mediante la autorrestricción voluntaria, mediante la desaparición definitiva del persistente prejuicio contra el control de la procreación, mediante la esterilización en casos especiales, mediante métodos de presión que no necesitan equivaler a una compulsión real,
será posible alcanzar un control cada vez más firme sobre los elementos perniciosos de la herencia. Tan solo cuando medidas como estas, bajo la influencia rectora de un sentido de responsabilidad personal que se extienda a todos los miembros de la comunidad, se hayan puesto en práctica durante largo tiempo, podremos esperar ver al ser humano sobre la tierra erguido en su plena estatura, sano de cuerpo, noble de espíritu, hermoso en ambos por igual, moviéndose con amplitud y armonía entre sus semejantes en el gran mundo de la Naturaleza, al cual se halla tan sutilmente adaptado porque él mismo ha surgido de ella y es su flor más exquisita. En este punto final, la higiene social se funde con la higiene del alma.
Poetas y profetas, desde Jesús y Pablo hasta Novalis y Whitman, han visto las divinas posibilidades del Hombre. No hay templo en el mundo, parecen decir, tan grande como el cuerpo humano; entra en contacto con el Cielo, declaran, quien toca a una persona humana. Pero estas cosas humanas, hechas para ser dioses, se han reproducido como ranas por toda la tierra. Por doquier han ensuciado su pureza y afeado su belleza, oscureciendo la luz misma del sol. Apilados los unos sobre los otros en masas malignas, devorándose unos a otros como ninguna otra criatura ha devorado jamás a los de su especie, se han convertido en un montón purulento que todos los océanos lavan en vano con sus aguas antisépticas, y que todos los vientos del cielo no pueden purificar.