A lo cual, sobre las bases expuestas, la respuesta es obvia, a saber:
Que si la gramática ha de enseñarse en algún momento, debe ser a alguien que ya pueda hablar la lengua; ¿cómo si no se le puede enseñar la gramática de esta?
Esto al menos resulta evidente a partir de la práctica de las naciones sabias y cultas de la antigüedad. Hicieron parte de la educación cultivar sus propias lenguas, no las extranjeras.
Los griegos consideraban bárbaras a todas las demás naciones y sentían desprecio por sus idiomas. Y aunque el saber griego cobró prestigio entre los romanos, hacia el final de su república, fue sin embargo la lengua romana la que constituyó el estudio de su juventud: debían hacer uso de su propia lengua y, por lo tanto, era en su propia lengua en la que se les instruía y ejercitaba.
Pero, más particularmente para determinar la sazón apropiada para la gramática, no veo cómo pueda razonablemente convertirse en objeto de estudio de nadie, sino como una introducción a la retórica; cuando se juzgue oportuno poner a alguien al cuidado de pulir su lengua y de hablar mejor que los ignorantes, entonces será el momento de instruirle en las reglas de la gramática, y no antes. Pues siendo la gramática el arte de enseñar a los hombres, no a hablar, sino a hablar correctamente y según las reglas exactas de la lengua, lo cual es parte de la elegancia, de poco sirve lo uno a quien no tiene necesidad de lo otro; allí donde la retórica no es necesaria, la gramática puede obviarse. No sé por qué nadie habría de perder el tiempo y devanarse los sesos con la gramática latina, si no tiene la intención de ser crítico, ni de pronunciar