es conveniente que aprenda a refrenar su apetito y a negar su inclinación hacia las riquezas, las galas o los placeres del paladar, etc., siempre que su razón le aconseje lo contrario y su deber lo requiera. Pero cuando le inducís a hacer algo adecuado mediante el ofrecimiento de dinero, o recompensáis el esfuerzo de aprender su libro con el placer de un bocado exquisito; cuando le prometéis una corbata de encaje o un traje nuevo y elegante a cambio de la realización de alguna de vuestras pequeñas tareas; al proponer estas cosas como recompensas, ¿qué hacéis sino admitir que son los bienes a los que debe aspirar y, con ello, fomentar su deseo por ellas y acostumbrarle a situar en ellas su felicidad?
Así las personas, para inclinar a los niños a aplicarse en su gramática, el baile o cualquier otro asunto de esta índole —de escasa importancia para la felicidad o utilidad de sus vidas—, mediante recompensas y castigos mal aplicados, sacrifican su virtud, invierten el orden de su educación y les enseñan el lujo, el orgullo, la avaricia, etc.
Pues de este modo, al halagar esas malas inclinaciones que deberían contener y reprimir, sientan las bases de esos futuros vicios, los cuales no pueden evitarse sino frenando nuestros deseos y acostumbrándolos desde temprana edad a someterse a la razón.
§53. No digo esto porque quiera que a los niños se les priven de las comodidades o placeres de la vida que no sean perjudiciales para su salud o su virtud. Por el contrario, quisiera que su vida fuera tan placentera y agradable para ellos como sea posible, en el disfrute abundante de todo aquello que pueda deleitarlos inocentemente; con la condición de que se tenga esta precaución: que gocen de tales satisfacciones únicamente como consecuencia del estado de estima y aceptación en que se encuentran ante sus padres y gobernantes; pero jamás se les deben ofrecer u otorgar como premios por esta o aquella acción