se les señalan en la conducta de personas de su conocimiento, con algunas reflexiones sobre su hermosura y su impropiedad, tienen más fuerza para atraer o disuadir su imitación que cualquier discurso que se les pueda hacer. Las virtudes y los vicios no pueden ser expuestos con palabras tan claramente a su entendimiento como se los mostrarán las acciones de otros hombres, cuando dirigís su observación y les ordenáis que contemplen esta o aquella cualidad buena o mala en la práctica de aquellos. Y la belleza o fealdad de muchas cosas, en la buena y la mala educación, se aprenderán mejor y dejarán impresiones más profundas en ellos a través de los ejemplos de los otros, que a partir de cualquier regla o instrucción que se les pueda dar al respecto.
Este es un método que debe emplearse, no solo mientras son jóvenes, sino que ha de continuarse incluso durante todo el tiempo que estén bajo la tutela o dirección de otro; es más, no sé si no será el mejor método para ser utilizado por un padre, siempre que lo considere oportuno, en cualquier ocasión, para corregir cualquier cosa que desee enmendar en su hijo; nada penetra con tanta suavidad, y tan hondo, en la mente de los hombres como el ejemplo.
Y el mal que ellos mismos pasan por alto o consienten, no pueden sino desaprobarlo y avergonzarse de él, cuando se les presenta reflejado en otro.
§83. Respecto a los azotes, cuando son el último remedio y llegan a ser necesarios, puede dudarse en qué momentos y por quién deben aplicarse; si inmediatamente después de cometerse la falta, mientras esta aún está fresca y reciente; y si los propios padres deben golpear a sus hijos. En cuanto a lo primero, pienso que no debe hacerse en el acto, para que la pasión no se mezcle en ello; y así, aunque exceda la proporción justa, pierda su peso debido; pues incluso los niños disciernen cuándo hacemos