mínima traza de buena educación. Pues el fin mismo y la tarea de la buena educación es ablandar la rigidez natural, y suavizar de tal modo el carácter de los hombres que puedan inclinarse a la complacencia y adaptarse a aquellos con quienes han de
- El desprecio, o la falta del respeto debido, manifestado ya sea en miradas, palabras o gestos: esto, venga de quien viniere, trae siempre consigo desasosiego. Porque nadie puede soportar con agrado el ser menospreciado.
- La propensión a la censura y a hallar defectos en los demás se opone directamente a la urbanidad. Los hombres, de cualquiera que sea o no su culpa, no querrían que sus faltas fuesen exhibidas y expuestas a la luz pública y a plena vista, ante los ojos propios o ajenos. Las manchas atribuyen siempre deshonra a quien las lleva; y el descubrimiento, o incluso la mera imputación de cualquier defecto, no se soporta sin cierta inquietud. La burla es la forma más refinada de exponer las faltas ajenas; mas, debido a que suele hacerse con ingenio y buen lenguaje, y entretiene a la compañía, se incurre en el error de creer que, mientras se mantenga dentro de los límites justos, no hay descortesía en ella. Y así, la agudeza de esta clase de conversación suele introducirla entre la gente de mejor rango; y tales conversadores son escuchados con favor y, por lo general, aplaudidos con la risa de los espectadores que se ponen de su parte. Pero deberían considerar que el entretenimiento del resto de los compañía se realiza a costa de aquel a quien se presenta con los colores de la caricatura, el cual, por consiguiente, no deja de sentir inquietud, a menos que el motivo por el cual se le ridiculiza sea en verdad materia de elogio. Pues entonces, al llevar las imágenes y representaciones graciosas que componen la burla tanto alabanza como diversión, el afectado también saca provecho y toma parte en el