más suaves, rara vez tendríamos que lidiar con más de un trastorno a la vez; el cual se corregiría fácilmente sin alboroto ni ruido, y no requeriría una disciplina tan severa como los golpes. Así, una por una a medida que aparecieran, podrían ser erradicadas por completo, sin dejar señales ni rastro de que alguna vez hubieran estado
Pero al dejar que sus defectos crezcan (consintiendo y complaciendo a nuestros pequeños), hasta volverse robustos y numerosos, y su deformidad nos avergüenza e inquieta, nos vemos obligados a acudir al arado y a la rastra; la azada y el pico deben profundizar para llegar a las raíces; y toda la fuerza, habilidad y diligencia que podamos emplear apenas bastan para limpiar el semillero viciado, invadido por la maleza, y devolvernos las esperanzas de frutos que recompensen nuestros desvelos a su debido tiempo.
§85. Este método, si se sigue, ahorrará tanto al padre como al hijo la molestia de repetidas advertencias y de una multiplicidad de