visto, a menudo es una admiración por las prácticas peores y más vanas con las que tropezaron en el extranjero; conservando el gusto y el recuerdo de aquellas cosas en las que su libertad cobró su primer vuelo, más que de aquello que debiera hacerlos mejores y más sabios tras su regreso. Y en verdad, ¿cómo puede ser de otro modo, al ir al extranjero a la edad en que lo hacen bajo el cuidado de otro, quien ha de proveerles lo necesario y hacer las observaciones por ellos? Así, bajo el amparo y el pretexto de un tutor, creyéndose exentos de valerse por sí mismos o de rendir cuentas de su propia conducta, rara vez se toman la molestia de indagar o de hacer observaciones útiles por cuenta propia. Sus pensamientos van tras el juego y el placer, en lo cual consideran una humillación ser controlados; pero rara vez se toman la molestia de examinar los designios, observar las maneras y considerar las artes, los ánimos y las inclinaciones de los hombres con los que se cruzan, para así saber cómo conducirse ante ellos. Aquí quien viaja con ellos ha de protegerlos; sacarlos cuando se han metido en zarzales; y, en todos sus tropiezos, responder por ellos.
§215. Confieso que el conocimiento de los hombres es un arte tan vasto que no cabe esperar que un joven lo domine a la perfección de inmediato. Mas con todo, de poco sirve su periplo si los viajes no le abren a veces los ojos, lo vuelven cauto y prudente, y lo acostumbran a