en particular que les cause aversión, o a la que no se habrían aplicado sin esa tentación.
§54. Pero si por un lado quitáis la vara, y por el otro estos pequeños estímulos con los que se encariñan, ¿cómo entonces (diréis) serán gobernados los niños? Suprimid la esperanza y el temor, y se acabó toda disciplina. Concedo que el bien y el mal, el premio y el castigo, son los únicos motivos para una criatura racional: estos son el espuela y las riendas mediante las cuales todo el género humano es puesto en acción y guiado, y por tanto deben emplearse también con los niños. Pues aconsejo a sus padres y gobernantes que lleven siempre esto presente en sus mentes: que a los niños se les debe tratar como a criaturas racionales.
§55. Los premios, lo concedo, y los castigos deben proponerse a los niños, si pretendemos influir en ellos. El error, según imagino, es que los que se emplean complace habitualmente están mal elegidos. Las penas y los placeres del cuerpo son, a mi juicio, de malas consecuencias cuando se convierten en los premios y castigos con los que los hombres pretenden persuadir a sus hijos; pues, como dije antes, no sirven sino para incrementar y fortalecer aquellas inclinaciones que es nuestra tarea someter y dominar. ¿Qué principio de virtud establecéis en un niño si redimís sus deseos de un placer mediante el ofrecimiento de otro? Esto no es sino ampliar su apetito e instruirlo para que divague. Si un niño llora por una fruta poco saludable y peligrosa, compráis su tranquilidad dándole un dulce menos nocivo. Quizá esto preserve su salud, pero corrompe su mente y la desajusta aún más. Pues aquí solo cambiáis el objeto, pero seguís lisonjeando su apetito y admitiendo que este debe ser satisfecho, en lo cual, como he demostrado, radica la raíz del daño; y hasta que consigáis que sea capaz de soportar la negativa de dicha satisfacción, el niño podrá