como lo que pedía llorando, de pequeño, lo era para las inclinaciones de un niño. El tener deseos adaptados a la comprensión y al gusto de esas distintas edades no es el fallo, sino el no someterlos a las reglas y restricciones de la razón; la diferencia no radica en tener o no tener apetitos, sino en el poder de gobernarlos y negárnoslos a nosotros mismos. Quien no está acostumbrado a someter su voluntad a la razón de los otros cuando es joven, difícilmente estará dispuesto a someterse a su propia razón cuando tenga edad de hacer uso de ella. Y es fácil prever qué clase de hombre es probable que resulte ser alguien así.
§37. Estos son descuidos cometidos habitualmente por quienes parecen ocuparse con mayor esmero de la educación de sus hijos. Pero si examinamos el trato común que se da a los niños, tendremos razones para maravillarnos, ante la gran disolución de costumbres de la que el mundo se lamenta, de que aún quede algún vestigio de virtud. Deseo saber qué vicio puede nombrarse que los padres, y quienes rodean a los niños, no les inculquen y cuyas semillas no dejen caer en ellos tan pronto como son capaces de recibirlas. No me refiero a los ejemplos que dan y a los modelos que ponen ante ellos, lo cual es estímulo suficiente; sino de lo que quisiera ocuparme aquí es de la enseñanza directa del vicio y de apartarlos verdaderamente de la senda de la virtud. Antes de saber caminar, se les impregna de violencia, venganza y crueldad. > «Dame un golpe para que yo le pegue», es una lección que la mayoría de los niños oye todos los días, y no se le da importancia porque sus manos aún no tienen fuerza para causar ningún daño. Pero yo pregunto: ¿no corrompe esto sus mentes? ¿No es este el camino de la fuerza y de la violencia en el que se les encamina? Y si