en esta parte civilizada del mundo, debemos atribuirlo a un descuido en la educación, que aún no ha reformado esta antigua pieza de barbarie entre nosotros. ¿No os parece que era un espectáculo entretenido ver a dos damas de la nobleza sentadas por casualidad en los lados opuestos de una sala, rodeadas de compañía, enzarzarse en una discusión y volverse tan impacientes en ella que, en el calor de la polémica, acercando gradualmente sus sillas hacia adelante, llegaron en poco tiempo a juntarse del todo en el centro de la sala; donde durante un buen rato condujeron la disputa tan ferozmente como dos gallos de pelea en el palenque, sin importarles ni prestar atención al corro, ¡el cual todo ese tiempo no pudo dejar de sonreír? Esto me lo contó una persona de alcurnia que estuvo presente en el combate, y no dejó de reflexionar sobre las indecencias a las que el calor en la discusión suele arrastrar a la gente; lo cual, puesto que la costumbre lo hace demasiado frecuente, la educación debería cuidar con mayor esmero. No hay nadie que no condene esto en los demás, aunque lo pasen por alto en sí mismos; y muchos que son conscientes de ello en sí mismos, y se proponen evitarlo, no logran librarse aún de una mala costumbre que el descuido en su educación ha permitido que se convierta en hábito.
§146. Lo que se ha dicho más arriba acerca de la compañía, tal vez, si se reflexionara bien sobre ello, nos ofrecería una perspectiva más amplia y nos dejaría ver hasta dónde alcanza su influencia. No son solo las formas de la cortesía las que se imponen mediante la conversación; la tintura de la compañía cala más hondo que la superficie; y posiblemente, si se hiciera una estimación fiel de la moralidad y las religiones del mundo, hallaríamos que la inmensa mayoría de la humanidad recibió incluso aquellas opiniones y ceremonias por las que moriría, más