como fuerza, a sus acciones. La solidez, o incluso la utilidad, no bastan: una manera airosa y elegante en todo es lo que otorga el adorno y el agrado. Y en la mayoría de los casos, el modo de hacer las cosas es de más importancia que la cosa hecha; y de él depende la satisfacción o el disgusto con que se recibe.
Esto por tanto, que no consiste en quitarse el sombrero ni en hacer cumplidos, sino en una debida y libre disposición del lenguaje, las miradas, el movimiento, la postura, el lugar, etc., adecuados a las personas y a las ocasiones, y que solo puede aprenderse mediante el hábito y el uso —si bien está por encima de la capacidad de los niños, y a los pequeños no se les debe perturbar con ello—, debe comenzarse y aprenderse en buena medida por un joven caballero mientras está bajo la tutela de un maestro, antes de salir al mundo por sus propios pies: