que estarán siempre escapándose de su memoria. Lo que consideréis necesario que hagan, fijadlo en ellos mediante una práctica indispensable, tan a menudo como se presente la ocasión; y, si es posible, cread ocasiones. Esto engendrará en ellos hábitos que, una vez establecidos, operan por sí mismos con facilidad y naturalidad, sin la ayuda de la memoria. Pero permitidme aquí dar dos advertencias. 1. La una es que los mantengáis en la práctica de aquello que queréis que se convierta en un hábito en ellos, mediante palabras amables y amonestaciones suaves, más bien recordándoles lo que olvidan, que con duras reprensiones y regaños, como si fueran culpables intencionadamente. 2. Otra cosa de la que debéis cuidar es de no intentar fijar demasiados hábitos a la vez, no sea que por la variedad los confundáis y así no perfeccionéis ninguno. Cuando la costumbre constante haya hecho que cualquier cosa les resulte fácil y natural, y la practiquen sin reflexión, podréis entonces pasar a otra.
Este método de enseñar a los niños mediante una práctica repetida, y una misma acción hecha una y otra vez, bajo la atenta mirada y dirección del tutor, hasta que adquieren el hábito de hacerla bien, y no confiando en reglas encomendadas a su memoria, tiene tantas ventajas, de cualquier modo que lo consideremos, que no puedo dejar de preguntarme (si es que se puede uno extrañar de las malas costumbres en algo) cómo ha podido ser tan sumamente descuidado. Mencionaré uno más que ahora me sale al paso. Mediante este método veremos si lo que se le exige se adapta a su capacidad y conviene de algún modo al genio natural y a la constitución del niño; pues eso también debe tenerse muy en cuenta en una recta educación. No debemos abrigar la esperanza de cambiar por completo su temperamento original, ni hacer que el alegre sea meditabundo y grave, ni el melancólico juguetón, sin estropearlos. Dios ha impreso ciertos caracteres en las