pues entonces suele ser demasiado tarde para esperar reformar varias indecencias habituales que radican en las pequeñas cosas.
Pues el continente no es como debe ser hasta que llega a ser natural en cada parte, cayendo, como los dedos de los hábiles músicos, en un orden armonioso sin cuidado y sin pensamiento.
Si en la conversación la mente de un hombre está ocupada por una vigilante solicitud acerca de cualquier parte de su conducta; en vez de ser enmendada por ello, resultará forzada, incómoda y poco elegante.
Además, esta parte es de lo más necesario que sea formada por la mano y el cuidado de un gobernador, porque, aunque los errores cometidos en la crianza son los primeros de los que otros se percatan, son sin embargo los últimos de los que a uno se le informa; no porque la malicia del mundo no esté bastante dispuesta a cuchichear sobre ellos, sino porque es siempre fuera de su oído, de quien debiera sacar provecho de su juicio y enmendarse por su censura.
Y en verdad, este es un punto tan delicado de tocar, que incluso aquellos que son amigos, y desearían que estuviera remediado, casi nunca se atreven a mencionarlo, y a decir a aquellos a quienes aman que son culpables en tal o cual caso de mala educación.
Los errores en otras materias pueden a menudo señalarse a otro con civilidad, y no es falta de buenos modales ni de amistad corregirle en otras equivocaciones; pero la buena educación misma no le permite a uno tocar este punto, ni insinuar a otro que es culpable de falta de educación.
Tal información solo puede venir de quienes tienen autoridad sobre ellos; y aun de parte de ellos, le resulta muy difícil y áspera a un hombre maduro; y por muy suavizada que esté, entra mal en cualquiera que haya vivido aunque sea un poco en el mundo.
Por lo cual es necesario que esta parte sea el