peor de los vicios. Son viajeros recién llegados a un país extraño del que no saben nada; por tanto, debemos tener en conciencia no desorientar a los niños. Y aunque sus preguntas a veces no parezcan muy importantes, se les debe responder con seriedad; pues, por mucho que nos parezcan a nosotros (para quienes son conocidas desde hace mucho tiempo) preguntas que no vale la pena hacer, son de suma importancia para quienes lo ignoran por completo. Los niños son ajenos a todo lo que conocemos, y todas las cosas con las que se cruzan les son al principio desconocidas, como una vez lo fueron para nosotros; y afortunados son aquellos que topan con gente amable que condescendiente con su ignorancia les ayude a salir de ella.
Si usted o yo fuéramos depositados ahora en Japón, con toda nuestra prudencia y conocimiento a cuestas —cuya vanidad nos hace, tal vez, tan proclives a desdeñar los pensamientos e indagaciones de los niños—; si fuéramos, digo, depositados en Japón, sin duda haríamos (si quisiéramos informarnos de lo que allí hay por saber) mil preguntas que, a un japonés supercilio e inconsiderado, le parecerían muy ociosas e impertinentes, aunque para nosotros serían muy sustanciales y de importancia para ser resueltas; y nos alegraría hallar a un hombre lo suficientemente complaciente y cortés como para satisfacer nuestras demandas e instruir nuestra ignorancia.
Cuando cualquier cosa nueva se cruza en su camino, los niños suelen hacer a un extraño la pregunta habitual: ¿Qué es esto?, con la que por lo ordinario no quieren decir otra cosa que el nombre; y por lo tanto, decirles cómo se llama suele ser la respuesta adecuada a dicha demanda. Y la siguiente pregunta suele ser: ¿Para qué sirve? Y a esta debe responderse de forma veraz y directa. Se debe indicar el uso de la cosa y explicar el modo en que sirve para tal propósito, hasta donde sus capacidades puedan comprenderlo. Y así con cualquier otra