todos aquellos con quienes trata. Sin la buena educación, sus otros logros hacen que solo pase por orgulloso, presumido, vano o necio.
El valor en un hombre mal educado tiene el aire y no escapa a la opinión de la brutalidad: la instrucción se convierte en pedantería; el ingenio, en bufonería; la sencillez, en rusticidad; la buena naturaleza, en adulación.
Y no puede haber en él una buena cualidad que la falta de educación no tuerza y desfigure en su desmedro.
Es más, la virtud y el talento, aunque se les conceda su debido encomio, no bastan para granjearle a un hombre una buena acogida y hacerlo bienvenido dondequiera que vaya.
Nadie se contenta con diamantes en bruto, ni los lleva así, si quiere presentarse con ventaja. Cuando están pulidos y montados, entonces dan brillo. Las buenas cualidades son la riqueza sustancial de la mente, pero la buena educación es lo que las realza; y quien quiera ser bien recibido debe dar belleza, así