y lavarle los pies constantemente todos los días con agua fría. Es recomendable por su limpieza; pero lo que busco con ello es la salud, y por tanto no lo limito con precisión a ninguna hora del día. He sabido que se usa todas las noches con muchísimo éxito, y eso durante todo el invierno, sin omitirlo ni una sola noche en un clima de frío extremo; cuando una capa gruesa de hielo cubría el agua, el niño se bañaba las piernas y los pies en ella, aunque tenía una edad en la que aún no era capaz de frotarse y secarse por sí mismo, y cuando comenzó esta costumbre estaba enfermizo y muy delicado. Pero siendo el gran fin endurecer dichas partes mediante el uso frecuente y familiar del agua fría, y prevenir con ello los daños que por lo general acarrea el mojarse los pies accidentalmente en quienes se crían de otro modo, creo que puede dejarse a la prudencia y conveniencia de los padres elegir la noche o la mañana. El momento me parece indiferente, con tal de que la cosa se haga eficazmente. La salud y la robustez que con ello se consiguen valdrían la pena a un precio mucho mayor. A lo cual, si añado la prevención de los callos, para algunos hombres eso sería una consideración muy valiosa.
Pero empieza primero en primavera con agua templada, y así cada vez más fría, hasta que en pocos días llegues al agua perfectamente fría, y continúa haciéndolo así en invierno y en verano.
Pues hay que observar en esto, como en cualquier otra alteración de nuestra forma ordinaria de vida, que los cambios deben hacerse por grados suaves e imperceptibles; y así podemos habituar nuestros cuerpos a cualquier cosa, sin dolor y sin peligro.
Cuan aficionadas son las madres a recibir esta doctrina, no es difícil de prever. ¿Qué puede ser sino asesinar a sus tiernos bebés tratándolos así? ¡Qué! ¿Ponerles los pies en