los infantes hubiesen cobrado aversión a algo que no pueda apartarse fácilmente de su vista, y que muestren señales de terror tan pronto como aparece, deben emplearse todos los paliativos del susto —desviando sus pensamientos o mezclando con él aspectos agradables y gratos— hasta que se les vuelva familiar e inofensivo.
Creo que podemos observar que, cuando los niños recién nacen, todos los objetos de la vista que no dañan los ojos les son indiferentes; y no le temen más a un negro ni a un león que a su nodriza o a un gato.
¿Qué es, pues, lo que después, en ciertas combinaciones de forma y color, llega a asustarlos? Nada más que la aprehensión de daño que acompaña a esas cosas.
Si un niño mamara todos los días de una nueva nodriza, tengo para mí que no se asustaría más por el cambio de rostros a los seis meses de edad que a los sesenta. La razón, pues, por la cual no quiere ir con un extraño es porque, habiendo estado acostumbrado a recibir su alimento y buen trato solo de uno o dos de los que le rodean, el niño teme, al ir a los brazos de un extraño, ser apartado de lo que le deleita y alimenta y satisface a cada momento sus necesidades —las cuales siente a menudo—, y por eso teme cuando la nodriza está ausente.
Lo único a lo que tememos por naturaleza es al dolor o a la pérdida de placer. Y como estas cosas no están unidas a ninguna forma, color o tamaño de los objetos visibles, no nos asusta ninguno de ellos hasta que hemos sentido dolor por su causa o se nos han inculcado ideas de que nos harán daño. El brillo y el lustre agradables de la llama y del fuego deleitan tanto a los niños que al principio siempre desean manipularlos; pero cuando la experiencia constante los ha convencido, por el dolor exquisito que les