furiosamente y de golpe, sino despacio, razonando de por medio y observando cómo surtía efecto, deteniéndose cuando los hubiera vuelto dóciles, penitentes y sumisos; rara vez necesitarían un castigo semejante de nuevo, pues procurarían con esmero evitar la falta que lo merecía. Además, por este medio, así como el castigo no se perdería por ser demasiado leve y poco eficaz, tampoco se excedería si parásemos tan pronto como percibiéramos que ha llegado a la mente y esta ha mejorado. Pues dado que la reprimenda o el castigo físico a los niños debe ser siempre el mínimo posible, el que se inflige en el calor de la cólera rara vez respeta esa medida, sino que comúnmente es más de lo que debiera, aunque resulte menos de lo suficiente.
§113. 2. Muchos niños son propensos a llorar ante cualquier pequeño dolor que sufren, y el menor daño que les sobreviene los lleva a las quejas y a los gritos. Pocos niños evitan esto: pues, al ser el modo primero y natural de declarar sus sufrimientos o necesidades antes de saber hablar, la compasión que se cree debida a esa tierna edad lo fomenta tontamente y lo perpetúa en ellos mucho después de que ya saben hablar.
Es deber, lo confieso, de quienes están al cuidado de los niños, compadecerse de ellos siempre que sufran algún daño, pero sin manifestarlo compadeciéndolos.
Ayúdalos y alívialos lo mejor que puedas, pero de ningún modo los lamentes. Esto ablanda sus ánimos y los hace ceder ante los pequeños males que les ocurren; con lo cual se hunden más hondo en esa parte que es la única que siente, y se provocan allí heridas más grandes de las que de otro modo tendrían.
Deben ser endurecidos contra todos los sufrimientos, especialmente los del cuerpo, y no tener más sensibilidad que la que surge de una vergüenza noble y un agudo sentido de la reputación.
Las muchas molestias a las que está expuesta esta vida exigen