perfeccionada y una seria meditación. Cuanto más propensos son a equivocarse en esto, más vigilantes se debe estar con ellos; y cada pequeño tropiezo en esta gran virtud social debe ser notado y rectificado, y ello en cosas de la menor importancia y peso, tanto para instruir su ignorancia como para prevenir malos hábitos que, a partir de pequeños comienzos en alfileres y huesos de cereza, si se dejan a su aire, crecerán hasta convertirse en fraudes mayores y correrán el peligro de terminar al fin en una deshonestidad endurecida y abierta. La primera tendencia a cualquier injusticia que aparezca debe ser reprimida con una muestra de asombro y aborrecimiento por parte de los padres y tutores.
Pero como los niños no pueden comprender bien qué es la injusticia hasta que entienden la propiedad y cómo las personas particulares llegan a adquirirla, el modo más seguro de asegurar la honradez es sentar sus bases tempranamente en la generosidad y en la facilidad para desprenderse en favor de otros de lo que tienen o les gusta. Esto se les puede enseñar desde temprano, antes de que tengan suficiente lenguaje y entendimiento para formarse nociones claras de la propiedad y para saber qué es suyo por un derecho particular exclusivo de los demás. Y puesto que los niños rara vez tienen nada que no sea por regalo, y este la mayor parte de las veces de sus padres, se les puede enseñar al principio a no tomar ni conservar nada que no les sea dado por aquellos a quienes consideran con autoridad sobre ello. Y a medida que sus capacidades se amplíen, se podrán proponer e inculcar otras reglas y casos de justicia, y derechos relativos al Meum y al Tuum.
Si algún acto de injusticia en ellos parece provenir, no de un error, sino de una perversidad en sus voluntades, cuando una suave reprimenda y la vergüenza no corrijan esta inclinación irregular y codiciosa, se deben aplicar remedios