primer poder sobre sus mentes, y el amor y la amistad en años más maduros han de retenerlo: pues ha de llegar el tiempo en que habrán dejado atrás la vara y el castigo; y entonces, si vuestro amor no los hace obedientes y sumisos, si el amor a la virtud y a la reputación no los mantiene en senderos loables, os pregunto: ¿qué ascendiente tendréis sobre ellos para encauzarlos hacia allí? En verdad, el temor a recibir una porción escasa si os descontentan puede hacerlos esclavos de vuestro patrimonio, pero no por ello dejarán de ser malos y perversos en privado; y esa restricción no durará siempre. Todo hombre debe, tarde o temprano, confiarse a sí mismo y a su propia conducta; y aquel que sea un hombre bueno, virtuoso y capaz, debe llegar a serlo desde su interior. Y por tanto, lo que ha de recibir de la educación, lo que ha de regir e influir en su vida, debe ser algo inculcado en él a temprana edad; hábitos entretejidos en los principios mismos de su naturaleza, y no un comportamiento fingido y una fachada disimulada, adoptados por miedo, solo para evitar la ira presente de un padre que tal vez pueda desheredarlo.
§43. Sentado esto en general, como el camino que debe seguirse, conviene que pasemos ahora a considerar las partes de la disciplina que han de aplicarse, con un poco más de detalle. He hablado tanto de llevar a los niños con mano firme, que tal vez se sospeche que no considero lo suficiente lo que se debe a su tierna edad y constitución. Pero esa opinión se desvanecerá cuando me hayáis oído un poco más; pues soy muy propenso a pensar que la gran severidad en los castigos sirve de bien poco, es más, hace un gran daño en la educación; y creo que se descubrirá que, caeteris paribus, aquellos niños que han sido más castigados raramente llegan a ser los mejores hombres.