§207. El juego, en el que las personas de distinción, especialmente las damas, desperdician tanto su tiempo, es para mí una clara prueba de que los hombres no pueden estar perfectamente ociosos; tienen que estar haciendo algo; pues, de otro modo, ¿cómo podrían pasarse tantas horas afanándose en aquello que por lo general causa más vexación que deleite a quienes están enfrascados en ello? Es indudable que el juego no deja ninguna satisfacción tras de sí a quienes reflexionan una vez terminado, y de ningún modo aprovecha ni al cuerpo ni a la mente; en cuanto a sus haciendas, si cala tan hondo como para comprometerlas, se convierte entonces en un oficio y no en una diversión, en el cual son pocos los que prosperan teniendo de qué otra cosa vivir; y, a lo sumo, un tahúr próspero tiene un triste oficio, pues llena sus bolsillos a costa de su reputación.
El ocio no pertenece a quienes son ajenos a los negocios, ni a los que no están consumidos y fatigados por el ejercicio de su profesión. La habilidad debería consistir en ordenar de tal modo el tiempo de recreación, que este relaje y refresque la parte que ha trabajado y está cansada, y