Ninguna de las cosas que deben aprender debe convertirse jamás en una carga para ellos, ni imponérseles como una tarea. Todo lo que se propone de este modo resulta pronto tedioso; la mente le cobra aversión, aunque antes fuera algo de agrado o indiferencia. Ordénese simplemente a un niño que haga bailar su trompo a una hora determinada todos los días, tenga o no ganas de ello; exíjasenos esto como un deber, en el cual deba pasar tantas horas por la mañana y por la tarde, y véase si no se cansa pronto de cualquier juego de esta manera. ¿No ocurre acaso lo mismo con los hombres adultos? ¿Aquello que hacen alegremente por propia iniciativa no les hastía al punto, y dejan de tolerarlo tan pronto descubren que se espera de ellos como un deber? Los niños tienen tantas ganas de demostrar que son libres, que sus propias buenas acciones provienen de ellos mismos, que son absolutos e independientes, como cualquiera de los más orgullosos de entre vosotros, los hombres adultos, pensad de ellos lo que os plazca.
§74. 2. Como consecuencia de esto, rara vez debe ponérseles a hacer incluso aquellas cosas hacia las que se tiene cierta inclinación en ellos, sino cuando tengan la disposición y el ánimo para ello. Quien ama la lectura, la escritura, la música, etc., encuentra aún en sí mismo ciertos momentos en los cuales esas cosas no le resultan gratas; y si en ese momento se fuerza a ello, solo se aturde y se cansa inútilmente. Lo mismo ocurre con los niños. Este cambio de humor debe observarse cuidadosamente en ellos, y hay que aprovechar con atención las estaciones favorables de aptitud e inclinación; y si no se muestran por sí mismos lo bastante dispuestos con frecuencia, debe infundírseles una buena disposición hablándoles, antes de ponerlos a hacer cualquier cosa. Considero que esto no es difícil para un tutor prudente, que haya estudiado el temperamento de su alumno y se