Pienso que esto no es tanto culpa suya como de su educación; pues debo hacer justicia a mis compatriotas, sin parcialidad alguna, reconociendo que allí donde se aplican, no veo que ninguno de sus vecinos los supere. Se les ha enseñado retórica, pero jamás se les ha enseñado a expresarse con soltura, ni con la lengua ni con la pluma, en el idioma que han de usar siempre; como si los nombres de las figuras que embellecían los discursos de quienes entendían el arte de hablar fuesen el arte y la destreza misma de hablar bien. Esto, como todas las demás cosas prácticas, debe aprenderse no mediante unas pocas o muchas reglas dadas, sino mediante el ejercicio y la aplicación conforme a buenas reglas, o más bien a modelos, hasta adquirir los hábitos y la facilidad de hacerlo bien.
Conforme a esto, tal vez no estaría mal hacer que los niños, tan pronto como sean capaces de ello, cuenten a menudo una historia sobre cualquier cosa que sepan; y corregir al principio el defecto más notable en que incurran al formarla. Cuando ese defecto esté remediado, mostrarles entonces el siguiente, y así sucesivamente, hasta que uno tras otro, todos, al menos los más graves, queden corregidos. Cuando puedan