Este hábito que adquieren los niños de contener la precipitación de sus fantasías y deliberar si es adecuado o no antes de hablar, les será de no pequeña utilidad en asuntos de mayor trascendencia en el curso futuro de sus vidas.
Porque lo que no me cansaré de inculcar es que, sea cual fuere el asunto que se trate, grande o pequeño, lo principal (casi diría lo único) que debe considerarse en cada acción de un niño es qué influencia tendrá sobre su mente; a qué hábito tiende y es probable que fije en él; cómo le sentará cuando sea más grande; y si se fomenta, hacia dónde le conducirá cuando sea adulto.
Mi propósito no es, por lo tanto, que los niños sean hechos desgraciados a propósito. Esto tendría demasiado sabor a inhumanidad y mal carácter, y sería propenso a contagiárselo a ellos. Se les debe enseñar a negar sus apetitos; y sus mentes, así como sus cuerpos, deben hacerse vigorosos, flexibles y fuertes, mediante el hábito de tener sus inclinaciones bajo sujeción y sus cuerpos ejercitados en las penalidades: Pero todo esto, sin darles ninguna señal o impresión de mala voluntad hacia ellos. La pérdida constante de lo que anhelaban o se procuraban por sí mismos debería enseñarles modestia, sumisión y capacidad de abstenerse: Pero recompensar su modestia y silencio dándoles lo que les gustaba debería también asegurarles el amor de quienes exigen rigurosamente esta obediencia. Conformarse ahora con la falta de aquello que deseaban es una virtud que en otro momento debe ser recompensada con lo que les es adecuado y aceptable; lo cual se les debe conceder como si fuera una consecuencia natural de su buen comportamiento, y no un trato al respecto. Pero perderéis vuestro trabajo y, lo que es peor, también su amor y reverencia, si pueden recibir de otros lo que vosotros les negáis. Esto ha de mantenerse con mucha firmeza y vigilarse con cuidado. Y aquí los criados vuelven a