No puede haber nada tan poco sincero, tan poco propio de un caballero o de cualquiera que pretenda ser una criatura racional, como no ceder ante la razón evidente y la convicción de argumentos claros. ¿Hay algo más incompatible con la conversación civilizada y el fin de todo debate que no aceptar una respuesta, por muy plena y satisfactoria que sea, sino continuar con la disputa mientras los sonidos equívocos puedan proporcionar (medius terminus) un término con el cual argüir por un lado, o una distinción por el otro; ya sea pertinente o impertinente, con sentido o sin él, acorde o contrario a lo que había dicho antes, no importa. Pues esto, en resumen, es el método y la perfección de las disputas lógicas: que el oponente nunca acepta ninguna respuesta, ni el respondiente cede jamás ante ningún argumento. Ninguno de los dos debe hacer esto, sea de la verdad o del conocimiento lo que fuere, a menos que quiera pasar por un pobre infeliz derrotado y cargar con la deshonra de no ser capaz de sostener todo aquello que una vez afirmó, lo cual es el gran objetivo y la gloria en la disputa. La verdad ha de hallarse y sostenerse mediante una consideración madura y debida de las cosas mismas, y no por términos artificiales y modos de argumentar: estos no conducen a los hombres tanto al descubrimiento de la verdad como a un uso capcioso y falaz de palabras dudosas, que es la forma de hablar más inútil y ofensiva, y la que menos conviene a un caballero o a un amante de la verdad de entre todas las cosas del mundo.
Apenas puede haber mayor defecto en un caballero que no expresarse bien, ya sea por escrito o de viva voz. Sin embargo, creo poder preguntar a mi lector si no conoce a muchos que viven de sus rentas y que, por tener el título, debieran poseer las cualidades de caballeros, pero que ni siquiera saben contar una historia como es debido, y mucho menos hablar con claridad y elocuencia en cualquier asunto.