indistintamente como la palabra de Dios sin ninguna otra distinción! Me inclino a pensar que esto ha sido en algunos hombres la causa misma de que jamás hayan tenido ideas claras y distintas sobre ella en toda su vida.
§159. Y ahora que por casualidad he caído en este tema, permítase-me decir que hay algunas partes de la Escritura que puede ser adecuado poner en manos de un niño para incitarle a leer; tales como la historia de José y sus hermanos, la de David y Goliat, la de David y Jonatán, etc., y otras que debería hacérsele leer para su instrucción, como aquella: «Lo que queráis que los otros os hagan, hacedlo vosotros también con ellos»; y otras reglas morales igualmente fáciles y sencillas, las cuales, al ser convenientemente elegidas, podrían aprovecharse a menudo tanto para la lectura como para la instrucción a la vez; y leerse tan a menudo hasta que queden firmemente grabadas en la memoria; y luego, a medida que madure para ellas, podrán a su vez, en las ocasiones oportunas, inculcarse como las normas permanentes y sagradas de su vida y de sus actos. Pero la lectura de toda la Escritura indiscriminadamente es algo que considero muy inconveniente para los niños, hasta que, tras habérseles familiarizado con sus partes fundamentales más claras, hayan obtenido una cierta visión general de lo que principal y debidamente deben creer y practicar; lo cual, no obstante, opino que deben recibir en las mismas palabras de la escritura, y no en aquellas de que los hombres predispuestos por sistemas y analogías suelen valerse en este caso y que les imponen a la fuerza. El Dr. Worthington, para evitar esto, ha elaborado un catecismo que tiene todas sus respuestas en las palabras precisas de la Escritura; una obra de buen ejemplo, y una forma de palabras tan sensata que ningún cristiano puede objetar que no sea apta para que su hijo la aprenda. De este, tan pronto como