ellos, los pondrán en marcha y harán que prosigan con vigor y placer; placer en aquello que han comenzado por su propio deseo, modo en el cual el disfrute de su tan amada libertad no será un pequeño estímulo para ellos. A todo lo cual, si se añade la satisfacción del crédito y la reputación, me inclino a pensar que no hará falta ningún otro acicate para estimular su aplicación y asiduidad, tanto como sea necesario.
Confieso que se necesita paciencia y habilidad, gentileza y atención, y una conducta prudente para lograr esto al principio.
Pero ¿para qué tenéis un preceptor, si no se requiriera ningún esfuerzo?
Pero una vez establecido esto, todo lo demás vendrá por añadidura, más fácilmente que con cualquier disciplina más severa e imperiosa.
Y no creo que sea difícil alcanzar este punto; estoy seguro de que no lo será, allí donde a los niños no se les den malos ejemplos.
El gran peligro por lo tanto, según creo, proviene únicamente de los criados y de otros niños maleducados, o de otra gente viciosa o insensata, que corrompen a los niños tanto con el mal ejemplo que les ofrecen mediante sus propios malos modales, como dándoles al mismo tiempo las dos cosas que nunca deberían tener a la vez; me refiero a los placeres viciosos y la alabanza.
§77. Así como los niños deben ser muy pocas veces corregidos con golpes, creo también que las reprimendas frecuentes y, sobre todo, apasionadas, tienen casi tan malas consecuencias. Disminuyen la autoridad de los padres y el respeto del niño; pues les ruego que recuerden siempre que ellos distinguen desde temprana edad entre la pasión y la razón: y así como no pueden dejar de sentir reverencia por lo que proviene de esta última, rápidamente desarrollan un desprecio hacia la primera; o si esta causa un terror momentáneo, pronto se disipa, y la inclinación natural aprenderá fácilmente a desdeñar tales espantapájaros que hacen ruido, pero no están