pretenden corregir al niño, en verdad, la mayor parte de las veces, no es sino para ocultar su propia vergüenza; y echan la culpa a los pobrecitos, a veces con bastante pasión, para desviarla de sí mismos, por miedo a que los presentes atribuyan el mal comportamiento del niño a su falta de cuidado y habilidad.
Pues, en cuanto a los niños mismos, nunca se ven en lo más mínimo mejorados por tales amonestaciones ocasionales. A ellos se les debe mostrar en otros momentos qué deben hacer, y mediante acciones reiteradas ser moldeados de antemano en la práctica de lo que es adecuado y conveniente, y no ser regañados ni sermoneados para que hagan en el acto lo que nunca han estado acostumbrados ni saben hacer como es debido. Hostigarlos y reñirlos así a cada paso no es enseñarles, sino molestarlos y atormentarles en vano. Más valdría dejarlos en paz que reprenderlos por una falta que no es suya, ni está en su poder