serán propensos a ser muy compasivos ni benignos con los de su propia especie. Nuestra práctica toma nota de esto al excluir a los carniceros de los jurados de vida o muerte. Los niños deben ser criados desde el principio en la aversión a matar o atormentar a cualquier criatura viviente; y se les debe enseñar a no estropear ni destruir nada, a menos que sea para la conservación o ventaja de algún otro ser más noble. Y ciertamente, si la preservación de toda la humanidad, tanto como esté en su mano, fuera la convicción de todos —como en verdad es el deber de todos, y el verdadero principio por el cual regir nuestra religión, política y moralidad—, el mundo sería mucho más tranquilo y de mejor índole de lo que es.
Pero volviendo a nuestro asunto actual; no puedo dejar de alabar tanto la bondad como la prudencia de una madre que conocí, la cual solía consentir siempre a sus hijas cuando alguna de ellas deseaba perros, ardillas, pájaros o cualquier otra cosa con la que las jovencitas suelen deleitarse: pero eso sí, una vez que los tenían, debían asegurarse de cuidarlos bien y de atenderlos con diligencia, para que no les faltara de nada ni fueran maltratados.
Pues si eran negligentes en su cuidado, se consideraba una falta grave, la cual a menudo les costaba la posesión de los animales, o al menos no se libraban de ser reprendidas por ello; mediante lo cual se les enseñaba desde temprana edad la diligencia y la buena disposición. Y en verdad, creo que las personas deberían acostumbrarse, desde la cuna, a ser tiernas con todas las criaturas sensibles, y a no estropear ni desperdiciar absolutamente nada.
Este deleite que hallan en hacer el mal, por el cual entiendo estropear cualquier cosa sin propósito, mas especialmente el placer que encuentran en hacer sufrir a cualquier ser capaz de ello, no puedo persuadirme de que sea otra cosa que