soldado raso de su ejército, que constaba de no menos de cien mil hombres, supongo que puede adivinarse que no adquirió esta maravillosa capacidad aprendiéndose las lecciones de memoria cuando era un muchacho. Este método de ejercitar y mejorar la memoria mediante fatigosas repeticiones de memoria de lo que leen es, según creo, poco utilizado en la educación de los príncipes, la cual, si tuviera la ventaja de la que tanto se habla, debería ser tan poco descuidada en ellos como en los más humildes escolares; pues los príncipes tienen tanta necesidad de una buena memoria como cualquier hombre vivo, y generalmente poseen una parte igual en esta facultad que los demás hombres, aunque nunca se haya cuidado de esta manera. Lo que la mente concentra y cuida, eso es lo que mejor recuerda, y por la razón antes mencionada; a lo cual, si se le une el método y el orden, se habrá hecho todo lo que, a mi juicio, puede hacerse para ayudar a una memoria débil; y quien tome cualquier otro camino para lograrlo, especialmente el de cargarla con una retahíla de palabras ajenas que a quien las aprende no le importan, apenas hallará, según supongo, que el beneficio corresponda a la mitad del tiempo y del esfuerzo empleados en ello.
No quiero decir con esto que no deba ejercitarse la memoria de los niños. Creo que sus memorias deben emplearse, pero no en aprenderse de memoria páginas enteras de los libros que, una vez recitada la lección y concluida la tarea, se entregan de nuevo al olvido y se descuidan para siempre. Esto no mejora ni la memoria ni la mente. Lo que deben aprender de memoria de los autores ya lo he mencionado más arriba; y, una vez encomendadas a sus memorias tales sentencias sabias y útiles, no se les debe permitir que las olviden jamás, sino exigírselces a menudo: con lo cual, además de la utilidad que esos dichos