El testimonio del inspector Slack fue discreto y resumido. Describió su citación y las circunstancias en las que había encontrado el cadáver. Se presentó la carta inacabada y se señaló la hora que figuraba en ella: las 6:20. También el reloj. Se dio por sentado de forma tácita que la hora de la muerte había sido las 6:22. La policía no revelaba nada. Anne Protheroe me contó después que le habían dicho que sugiriera un momento ligeramente anterior a las 6:20 para su visita.
Nuestra criada, Mary, fue la siguiente testigo, y resultó ser un tanto pendenciera.
No había oído nada, ni quería oír nada. Tampoco era como si los caballeros que venían a ver al vicario solieran salir disparados. No lo hacían. Ella tenía sus propias tareas de las que ocuparse.
El coronel Protheroe había llegado a las seis y cuarto en punto. No, no miró el reloj. Oyó las campanadas de la iglesia después de haberlo hecho pasar al estudio.
No oyó ningún disparo. Si hubiera habido un disparo, lo habría oído. Bueno, por supuesto, sabía que tenía que haber habido un disparo, ya que al caballero lo habían encontrado con un tiro, pero ahí estaba la cosa. No lo había oído.
El juez de instrucción no insistió en el asunto. Me di cuenta de que él y el coronel Melchett estaban actuando de común acuerdo.
A la señora Lestrange se le había emitido una citación judicial para declarar, pero se presentó un certificado médico, firmado por el doctor Haydock, que afirmaba que estaba demasiado enferma para asistir.
Solo había otro testigo, una anciana un tanto chocha. La que, según la expresión de Slack, «le hacía la casa» a Lawrence Redding.
A la señora Archer le mostraron la pistola y la reconoció como la que había visto en la sala de estar del señor Redding, «frente a la librería, la